Amicus: Sol i vi

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Un restaurante, ubicado frente a las viñas, un anochecer, azules, rosas, grisáceos, verdes y el tono que posa los tonos amarronados de la primavera, dos semanas de ausencia, un cava “Amicus”, sugerencia de un camarero veterano y ávido de fidelizar clientela, un parmesano y jamón ibérico, una buena conversación y aparatos móviles desconectados. Es el perfecto clima para una velada de risas. El climax lo pone una exuberante mujer, con curvas bien definidas y con unos labios que mas de un hombre quisieran que le susurraran por la noche, no precisamente una conversación.  Hacía tiempo que no compartíamos, hacía tiempo que no nos abríamos. 

Y lo bueno que tiene verse con amigos es que nos miramos y aflora la complicidad. Un inicio de conversación y rápidamente un hilo de risas. No importa el sexo, Un sexo sin definir, un deseo de compartir,  de no sentirse la otra,  la ex, o la advenediza de turno, ya lo comentó Stendhal en Le Rouge et le Noire, no hay nada mas seductor que un obispo, o dicho en palabras llanas una buena nómina. Las llamadas insistentes cuando se sabe que compartes con tu pareja, el no respetar el poco tiempo que le dedicas al amor de tu vida porque ya no es el amor de tu vida.

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Bueno ya lo escribió Sthendal cuando desaparece, le noire, desaparece la admiración, le rouge. Las llamadas carillosas, las felicitaciones advenedizas, las risas teñidas de falsa lisonja, pero que rellenan corazones vacíos calenturientos que se conforman con ver imágenes de niñas que bien podrían ser sus hijas. Vicios silenciados por una mujer que con un solo chasquido reuniría a un séquito de jóvenes y no tan jóvenes. Una verdadera reina que se ha conformado con un lacayo del placer, claro está ella invita al placer. Una reina que con una mirada es capaz de hacer sentir al que mira que no lo desea. Exuberante en curvas, bien contorneadas, exuberante en empatía, en deseo, en lucha, en labios, una rescatadora nata que ahora ha de ser rescatada.

Una reina con una corona que es sobrevivir, a una familia, en la infancia, que no la entendió, y ahora ella cuida, una familia formada a la que ella adora y ahora se rebela.

Unas manos que no dudan en comprar unas sandalias a una anciana con un latente Diógenes, la acompaña, la mima, la lava y la hace sentir humana, porque coincidió con ella en un bazar y claro la dependienta no la vio con una buena nómina y no le dedicó ni un minuto.

Ella, mi reina, voluptuosa, melena al viento hasta la cintura, rizado, labios carnosos, dientes blancos y sonrientes, con un simple vestido negro entubado, no deja hueco a la imaginación, con unos lindos manolos Blahnik se levanta su esbelta figura. Siempre conjunta dos colores, tres como mucho, y me repite “menos es más”, se acicala y sale a la calle y cuando sale de su coche no hay mirada que no se pose en ella, miradas insidiosas, envidiosas etc….mi reina si porque cada día ha de luchar contra intrigas de su corte, contra tratos hechos a sus espaldas, ministros de economía, advenedizas  que quieren su trono, y lo mas remarcable que no le roben sus joyas…

Ahora lo importante es esa comunión de amigas. Esa complicidad de años. Ese cordero de dios que es la valía personal. La adoración por la dedicación, sin noire, pero teñida de rouge, porque los años no pasan en balde y cualquier advenediza cree tener derecho a ocupar el lugar de una reina.

Claro lo que te apetece es besar los labios de esa voluptuosa mujer, abrazar los senos de esa madre ajada y hacerle disfrutar del mejor orgasmo que jamás haya sentido.

Claro está “Amicus”invita a adorarla, noche de pasión, de confidencias, de caricias y de sensualidad que sólo se puede entender sino hay interferencias de aparatos electrónicos.

Si necesitas aparatos electrónicos para excitarte te pierdes todo los tonos que se desprenden del roce de las pieles, de lamidos, de pellizcos, besos anhelantes y caricias, no hay problema se inventará un aparato electrónico que lo sustituya. El amante del deseo que emana una mirada furtiva que posa sus ojos en los senos voluptuosos que se mueven al agitar la risa de una conversación airada, unas manos firmes, unas piernas contorneadas que descansan en unos pies alzados con sendas obras de arte que lo único que quieren es que se alce su voz. Una noche que podría acabar en un desenfreno de placer, de miradas, de caricias de colores inimaginables descritos en un orgasmo sino sonara una llamada de:

                                                     “Mamá vienes a por mí”.